El neurótico más lúcido de este mundo

LLUÍS BONET MOJICA, LA VANGUARDIA

Hace ahora tres años, su admirable compatriota el escritor Gore Vidal afirmaba: "Yo diría que el único autor auténtico de nuestra época ha sido Woody Allen, y ni siquiera él sabe lo bueno que es. Tiene una elevada opinión de sí mismo, pero no se da cuenta de que es el único que ha utilizado el cine de la misma forma en que un novelista utiliza la vida real. Lo abarca todo. Pone todo lo que sabe en su cine".

Tal vez tuvieran esto en cuenta quienes le han concedido el premio Príncipe de Asturias de las Artes 2002, especialmente en lo que respecta a Gonzalo Suárez, su principal valedor y artista sobradamente conocedor de las dos escrituras que, complementándose, pueden ser radicalmente distintas: la literaria y la fílmica. Por una vez, Woody Allen ha visto que no era cierto el corrosivo gag que coló en "Recuerdos": "Los intelectuales son como la mafia. Sólo matan a los suyos". A veces hasta los premian.

Como su amigo Julius Henry Marx, en arte Groucho, el autor de "Annie Hall", "Manhattan", "Zelig", "Balas sobre Broadway" o "La maldición del escorpión de jade" también tuvo una educación autoinfligida.

Fue al colegio más que Groucho, pero no era precisamente un alumno distinguido. Sin embargo, sobre él pesaba una predestinación. Woody se llama en realidad Allen Stewart Konigsberg, y cabe advertir que Konigsberg fue la ciudad natal del filósofo Kant. Jamás ha alardeado de ello y siempre suele presentarse como un esforzado autodidacta. Incluso el juez, que en plena crisis legal con Mia Farrow, le interrogó acerca de sus primeros encuentros con Soon-Yi, obtuvo esta respuesta: "No era una relación intelectual, porque no estoy diciendo que discutiéramos sobre Kant, Kierkegaard ni nada parecido; charlábamos sobre cosas diversas". Así y todo, Allen tiene varios libros publicados que reúnen sus brillantes e incisivos artículos periodísticos. Convertido en un icono de nuestro tiempo y en el neurótico más lúcido de este arte contemporáneo -en horas bajas, bajísimas- que es el cine, Allen se ha erigido en la excepción cultural norteamericana. Y lo que ello conlleva.

Tras presentar en Cannes "Hollywoodending", irónica metáfora sobre un director caído en desgracia -él mismo interpreta el personaje- y que sufre una ceguera psicosomática cuando se le brinda la posibilidad de volver a rodar en Hollywood, el cineasta ya está filmando -delante y detrás de la cáma- ra- una nueva película, "Anything else", en cuyo reparto figuran Christina Ricci, Glenn Close y Danny DeVito.

En Estados Unidos, Woody es veneno para la taquilla. Desde siempre, esta excepción cultural encarnada en un miope con mucha vista para reflejar las neurosis del tipo que lo tiene todo en contra, excepto su talento, puede permitirse el lujo de rodar película tras película, porque las amortiza en Europa. París y Barcelona fueron sus dos primeros amores europeos. Barcelona, por una sencilla razón: ya cuando "Manhattan" le sorprendió que, por aforo de la sala y habitantes, nuestra ciudad fuera la que aportara más espectadores a sus películas.

Preso de una agorafobia digamos que muy intelectual, Woody no acostumbraba a salir de Manhattan. Se negaba a viajar. Avatares judiciales y una gira como clarinetista de jazz para poder pagar las cuantiosas minutas de sus abogados -y que le llevó al Palau- le han quitado el miedo. No ha sido una mala apuesta: este miope en perenne estado de perplejidad recogerá personalmente su premio Príncipe de Asturias.