La famosa foto de la niña de Afganistán

por Javier Campos

 

La primera vez que fotografiaron a esta niña de Afganistán tenía 12 años. Su nombre, que sólo ahora se supo, es Sharbat Gula que en la lengua Pashto significa "dulces flores". Steve McCurry, fotógrafo del National Geographic, fue quien le sacó varias fotografías en la escuelita donde estaba Sharbat y que funcionaba en el campamento de refugiados Nasir Barh en Pakistán. Eso fue en el invierno (junio) de 1984. Al año siguiente MacCurry eligió una sola foto de Sharbat de las tantas que le tomó. Fue reproducida en la portada de aquella revista de mayor difusión en el mundo (la revista tiene 114 años de existencia) por sus reportajes sobre hallazgos arqueológicos, o sobre la geografía, fauna o cultura de diversas regiones y pueblos del planeta.

El rostro de la hermosa niña de Afganistán desde ese momento se hizo instantáneamente tan popular como enigmática. Toda su belleza y tragedia que había detrás de ella sigue siendo hasta ahora un cuadro-foto que muchos han comparado (pero siempre desde la perspectiva occidental y europeizante) al rostro de la "Mona Lisa" de Leonardo Da Vinci o al de las madonas de Botticelli. Nadie puede dudar que es una obra de arte aquella fotografía gracias al ojo de McCurry que sólo tenía a su disposición la luz de aquel día y una no muy complicada cámara manual.

Hay gente por el mundo que ha puesto aquella foto en su cuarto o en una pared de su lugar de trabajo porque mirarla siempre impacta a causa de sus múltiples mensajes que provoca su rostro. Es claro que es una obra artística si se considera arte todo aquello que nos emociona y nos da otros significados de la realidad cotidiana en que vivimos. Cualquier cuadro, poema, trozo de música, danza, cine, teatro, cuento, etc., que posea la capacidad de afectarnos -porque el arte entra primero por los sentidos- pasará luego a nuestra razón para hacernos pensar por qué aquello nos impactó tan profundamente.

También se ha comentado que el rostro de aquella niña escondía detrás toda la tragedia de ese país agobiado por la invasión soviética en los 80. Era hija de refugiados del país con el más alto índice de mortalidad infantil. Nadie sabía que iría a ocurrir con esa sociedad y aquella brutal guerra de años. Lo que sí luego se comprobó es que hizo retroceder a Afganistán a los momentos más oscuros y miserables de la Edad Media europea. Y más aún con la llegada de los Talibanes en los 90 que impondrían la esclavitud total a la mujer partiendo por la obligación de cubrirse el rostro y la prohibición de asistir a ninguna escuela ni menos pensar en una profesión. Por eso la fotografía de Sharbat es como un testamento al milagro de sobrevivencia de aquella niña. Como si su belleza infantil hubiera sobrepasado el infierno de la guerra con la invasión soviética y la opresión del gobierno fundamentalista talibanés. Claro, ella tuvo la suerte de seguir viviendo por milagro entre otros miles y miles de niños que no sobrevivieron ni con los soviéticos ni con los talibanes y que aún seguirán allí muriéndose de hambre o de frío.

El rostro de Sharbat se convierte en un rostro universal cuando sabemos que en todo el Tercer Mundo hay ejemplos semejantes a la niña de Afganistán. Sea este el occidente o el lejano oriente. En Guatemala, India, Nicaragua, África, El Salvador, México, Haití, Perú, Bolivia, Chile, etc., también hay rostros parecidos. Hermosos niños y niñas que el tiempo y la vida de privaciones (o una permanente guerra civil) los convertirán muy pronto en seres o raquíticos, envejecidos prematuramente, o perecerán por el hambre antes de llegar a la adolescencia. Por eso la foto tomada a Sharbat 18 años después, en enero de 2002, cuando el fotógrafo McCurry hizo lo imposible por encontrarla, recorriendo pueblos y preguntando de boca en boca si conocían a esta niña, es igualmente significativa como la primera que le tomaron.

La encontró de nuevo en una aldea de Afganistán. Tenía ahora 31 años y ya había dado a luz a cuatro niños (se casó a los 16 años). Pasó una vida dura y difícil todos esos años. La nueva foto tomada recientemente con el permiso de su esposo -Ramat Gul- la muestra más envejecida que una persona de la misma edad que vive en alguna otra parte del mundo sin haber pasado por la experiencia de Afganistán ni otras parecidas en las regiones del Tercer Mundo. Sus brillantes ojos verdes de los 12 años perdieron el esplendor rápidamente a los 31 años.

Cuando fue fotografiada la segunda vez en su vida, no sólo reflejaba la existencia dura de ella, sino también el asombro de descubrirse ante otros. Fue como abrir una puerta sellada con cadenas y gruesos candados donde se encerró algo precioso por muchos años. Como su mismo nombre que irónicamente significa "dulces flores"

Epílogo: Gracias a toda esa historia de la foto de Sharbat Gula la revista, The National Geographic creó un fondo especial para ayudar al desarrollo educacional y dar oportunidades a todas las niñas y mujeres de Afganistán.