El
abuso por exceso y defecto de las palabras
Por:
Arturo Rojas. Rector de la FEM.
arojas@cmatoso.com
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| “Las conversaciones y los libros raras veces nos dan ideas precisas. Es muy común leer mucho de sobra y conversar inútilmente. Habríamos de tener en cuenta a Locke cuando recomendaba: “definid los términos...”. Les comparto una concomitante reflexión propia sobre el abuso con las palabras por exceso, por defecto y en general por el mal uso. Hace ya más de 20 años Bryan Dixon eligió la voz latina “a minimis incipe”: -a partir de las cosas sencillas-piedra angular de su
concepción filosófica de la educación, como previendo el aluvión de palabras
que invadiría en un futuro los tertuliaderos pedagógicos en Colombia. |
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Pareciera
que con frecuencia, mayor a la aconsejable empleamos las palabras excesivamente
para definir aquello que puede entender con largueza la inteligencia humana,
muchas veces mediante la simple observación de los hechos. Cuántas veces, cual
arañas tejemos y atrapamos a nuestros interlocutores en una urdimbre verbal
sobre explicando, redundando e insultando, de paso y quizás
inintencionadamente, su inteligencia, capacidad de análisis
y sentido común.
La
verborrea no es exclusiva de la educación; con cuánta frecuencia llegamos del médico,
por decir, no tan preocupados por su diagnóstico que asevera que tenemos
colesterol del bueno y del malo, que con un esfuercito obtendremos los niveles
perfectos para asegurarnos una vida sana. ¡Ya quisiéramos carecer tanto del
“bueno” como del malo!. Y, tener la certeza de escuchar, en palabras del
galeno, que si seguimos comiendo cual leones deberíamos ir separando turno en
una casa de pompas fúnebres. Pero no, al exceso de palabras se agrega un temor
evidente por decir lo que tiene que ser dicho en el momento que debe serlo.
Mark Twain,
en “la decadencia del arte de mentir” aseveraba el porqué tod@s
mentimos para hacer más soportable nuestras vidas. Si no, recordemos el
venerable proverbio: “Los niños y los tontos siempre dicen la verdad”; la
deducción es obvia: “ los adultos y los sabios nunca la decimos”. En
Colombia añadimos que otro personaje goza de la credibilidad: el
borracho.
Voltaire
describía las controversias como espacios en los cuales uno de los
argumentadores entiende casi siempre una cosa
y su adversario otra, luego, se presenta un tercero en discordia, que no
entiende al primero ni al segundo, pero que tampoco es comprendido. Por cierto,
no se refería Don François al mito de la torre de Babel.
Ahora bien,
hay distancia entre la verdad, la mentira y el abuso de las palabras. Sin
embargo, es frecuente escuchar que una verdad a medias es lo más parecido a una
mentira. Cabría preguntarnos si el exceso de vocablos o la parquedad también,
en alguna medida, son verdades a medias en vista que entorpecen la comunicación
humana.
En el
ejemplo que aporta Voltaire, al parecer, estos vicios idiomáticos contribuían
a la incomprensión de los interlocutores. En sus famosas “Cartas Filosóficas
y otros escritos”1
relata otra anécdota sobre un viajero quien al llegar a la orilla de un río
pregunta a un pescador cuál era el lado menos profundo para cruzar a nado –
“id hacia la derecha”- respondió el pescador, el viajero toma la derecha y
se ahoga. El pescador al rescatar de las aguas el cadáver le espeta: “no os
dije que avanzárais hacia vuestra mano derecha sino hacia la mía”.
El mundo
está lleno de estas equivocaciones causadas por el exceso o el defecto al usar
las palabras y de sus indeseados efectos en la comunicación humana.
Podríamos
caricaturizar con los circunloquios “dele al niño bastante líquido perlático
de la consorte del toro” alias
leche o, en Méjico: “la mano mano que mecía tu cuna mano, sacó la mano
mano” evitando dar con claridad la infausta noticia de la muerte de la madre.
Estos
excesos aparecen vestidos de encantadoras florituras en nuestras plazas públicas
en tiempo de elecciones donde el ciudadano olvida que el cumplimiento de las
promesas de sus dignatarios elegidos es inversamente proporcional a la cantidad
de palabras que usó cuando buscaba sus votos. También cuando sorprendemos a
nuestros estudiantes quienes tratan de explicar lo que, a nuestros oídos suena
inexplicable. Ni que decir del Padre o madre sobre protectores. Cúmulos
innecesarios de palabras que se parecen al ramo de rosas con que regala el
borracho cónyuge a su vigilante compañer@ en alta noche.
El arte del bien decir o de la elocuencia, la retórica, se persigue toda la vida y solo lo alcanzan quienes conozcan las enfermedades, las características, las figuras y los pormenores del lenguaje que afectan negativamente la comprensión del mensaje. Repasemos, recordemos o aprendamos conectando estos fenómenos, columna A del lenguaje humano y su correspondiente definición columna B como estrategia para evitar caer innecesariamente en la tentación de generar adicción por la retórica vulgar: “abundancia de palabras sin contenido o sin utilidad” o lo que sería peor: “emplear inadecuadamente figuras por desconocimiento o aparentando erudición”.
A B
Elipsis -----Discurso extenso e impertinente
Silepsis -----Uso de palabras superfluas para dar fuerza a la expresion
Pleonasmo -----Decir que se omite algo logrando el efecto contrario.
Metáfora -----Decir lo contrario que se quiere afirmar.
Alegoría -----Atribuir cualidades de seres vivos a algo inanimado.
Catacresis -----Explicar algo con exceso de palabras. Circunlocución.
Antítesis -----Expresar con disimulo palabras malsonantes.
Epifonema -----Descripción eficaz de algo/ alguien por medio del lenguaje.
Reticencia -----Dejar una frase incompleta con la intención que se entienda algo distinto, a menudo con intención malévola.
Perífrasis -----Exclamación al final de una frase.
Hipérbole -----Oposición de sentido entre dos términos.
Litote -----Antónimo mordaz e irónico.
Preterición -----Uso exagerado e intencional de conjunciones.
Prosopopeya -----Designar una cosa con el nombre de otra.
Hipotiposis -----Utilizar inadecuadamente una palabra. El brazo del sillón.
Aliteración -----Simbolización de algo por medio de un objeto.
Asíndeton -----Omitir una palabra, lo cual no impide la comprensión textual.
Si a la
anterior fenomenología que de uno u otro modo afecta la calidad de la
comunicación humana, añadimos las especificidades de la voz, la dicción, el
timbre y metal, el tono, los gestos que acompañan nuestras palabras -los
intencionales y los inevitables-, el momento, la hora y el mismo escenario que
hace también su aporte, comprenderíamos en su magnitud, la complejidad del
acto comunicativo y propenderíamos por convertirnos en cultores de la asepsia
comunicativa por la razón fundamental de estar investidos como educadores y
porque nuestro auditorio, especialmente aquellos en edad escolar, a diario
incorpora a su acervo nuestros aciertos o nuestros vicios.
Cabe también
llamar la atención sobre el peligro de emplear inadecuadamente expresiones
cliché de la siguiente raigambre:
Pensándolo bien...
Un momentito...
Déjeme pensarlo...
Trataré...
No me ha quedado tiempo...
Con
todo el respeto que usted merece...
Como todas
aquellas expresiones de cajón que se emplean en sentido figurado como excusas
han perdido su valor sintáctico y la semántica de las mismas le delatará ante
su interlocutor quien fingirá creerle, como si le hiciera un favor, pero que
terminará por comprender:
Que usted no lo pensará bien...
Qué tardará mucho más que un “momentico”.
Que así él lo”deje”, usted no lo pensará...
Ni mucho menos tratará
Y que el tiempo no puede ser tomado como excusa porque siempre ha sido igual.
Y,
finalmente, que el respeto aducido solo es verbal e introductorio de otra frase
sin sentido.
Factible
es, por cierto, que las 6.000 palabras que hoy se atribuyen a los hablantes
cultos de las lenguas vivas, se reduzcan con el tiempo a la mitad y
que la mitad de éstas pertenezcan a un metalenguaje especializado en
tecnicismos para sobrevivir en sociedades en donde la lectura, la Poesía y la
Filosofía serán cada vez más cosa del pasado. Es también perfectamente
previsible que desaparezcan del Castellano las mayúsculas y minúsculas; sus
“odiosas” tildes, las eñes, las elles y las yes; las jotas y ges y la
sorprendente hache al comienzo de palabra y el terrible dilema entre la V y la
B; sin perderle el rastro a la diéresis y la sinéresis y al hiato y a los
ineludibles tropos y se amalgamen en una las sibilantes S, C, X, y Z. Por
razones lógicas de nuestras edades, muy seguramente no daremos testimonio de
tales cambios, por lo que es recomendable aprender su uso correcto. Ejemplos de
la medida exacta en el ejercicio de la comunicación los encontramos en los
legados de nuestros hombres de letras. Tomemos como ejemplo al fabuloso escritor
mejicano Juan José Arreola quien en una frase certera y sin mencionar al León,
le describe con genial precisión y sin hacerlo, nos habla de leopardos, tigres,
guepardos, panteras y jaguares y de su forma de asegurarse el sustento cuando
enuncia:
-
“La falta de melena hace que
muchos felinos se busquen por sí mismos el sustento2”,
- o, su juego magistral de palabras en: “la cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada se entigrece”3.
-
Qué decir de la métrica exacta de los poetas: “El mar se mide por las olas,
el cielo por alas, nosotros por lágrimas; el aire descansa en las hojas, el
agua en los ojos, nosotros en nada. Parece que sales y soles, nosotros y
nada”.4
Las
palabras cual catalizadores deben ser meticulosamente escogidas para no afectar
la apropiación de saberes. En este sentido nos compete el rol Helvético: en lo
posible neutrales, impidiendo que nuestras confusiones idiomáticas se
transfieran negativamente y clonemos idiolectos, indeseablemente.
Por
supuesto, se concede, que cuando E = MC
según Hawking - “probablemente la única ecuación de la Física reconocida
en la calle y en graffiti”5,
o cuando se trate de terminologías específicamente relacionadas con los campos
del saber, esa neutralidad del Maestro duele al estudiante por la imposibilidad
de simplificar o hacer fácil para la comprensión términos tan comunes como
complejos en el ámbito escolar, verbigracia: Tautología, mayéutica,
polinomios, aldehídos, memoria RAM, sincretismo religioso, anomia, histología,
apnea, sinergia, cubismo y hasta significante y significado.
La
meticulosidad en nuestra comunicación debe impedir que nos convirtamos en obstáculos
adicionales para la comprensión. Los caminos para alcanzar la precisión
comunicativa, son poco transitados, aunque por todos conocidos:
- La lectura como acto de perfeccionamiento permanente y de contacto con la realidad que se pretende aprehender y explicar a otros.
- La reflexión escrita sobre lo que hacemos como acto generoso de solidaridad profesional al exponer nuestro pensamiento para que otros lo emulen, perfeccionen o contradigan.
- la lectura investigativa.
- El mantenerse al día en nuestro campo del saber sin desconocer el sabor de las otras tajadas de la deliciosa y enorme torta del conocimiento humano.
En su:
“ verbo innumerable” Porfirio Barba Jacob6
nos regalaba:
Cuando
las sombras fluyen bajo la luz eterna
Del
crepúsculo, y vuelan en argentinos haces
De
lo alto de las torres, alígeros, fugaces,
Los himnos concertados “ad incensum lucerna”,
Oigo,
cual si brotaran de lúgubre cisterna,
Vocablos
inarmónicos, llamamientos vivaces
A
que nadie responde, y epítetos procaces
Como rojizos lampos de la pasión interna...
Y
no comprendo nada, golpean en mi oído
Palabras
errabundas, rumores sin sentido
De
atropelladas olas en túrbida marea
Y
el corazón demanda, desde su cárcel roja,
Un
inspirado intérprete que el mundo
recoja
Y de las voces múltiples un ritmo y una idea.
A partir de lo sencillo, como aparece en nuestro emblema junto a nuestros corazones, es perfectamente interpretable como una llamada atemporal del fundador de la FEM para la búsqueda constante de la concreción de nuestras ideas en actos de habla expeditivos que acompañados de una personalidad agradable y respetuosa, faciliten a nuestros educandos momentáneos el acceso al, a menudo abstruso mundo de las ideas y de las ciencias humanas.
Arturo Rojas Ramírez
1 Voltaire, François Marie Arouet. Cartas filosóficas y otros escritos. Abuso de las palabras.
2 Narrativa completa. Juan José Arreola. Felinos. Alfaguara.
3 Narrativa completa. Juan José Arreola. La cebra. Alfaguara.
4 Jaime Sabines. Recuento de poemas. Horal. Editorial Planeta.
5 Stephen Hawkin. El universo en una cáscara de nuez. Editorial Planeta.
6 Porfirio Barba Jacob. Poesía completa. El áncora editores.