Fragmento de Einstein y los españoles.
De Thomas F. Glick.
La relatividad especial apareció por primera vez en España en los trabajos de Terradas y Cabrera presentados al primer congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, celebrado en Zaragoza en 1908. Terradas, en exposiciones sobre la radiación del cuerpo negro y las teorías de la emisión de la luz (así como el año siguiente, en su discurso de recepción en la Academia de Ciencias de Barcelona), aludió a la teoría especial sólo como una nueva deducción del «principio descubierto por Lorentz», añadiendo que Einstein y Laub «han hecho modernamente aplicación del mismo para establecer leyes más generales de la electrodinámica».
En la Universidad de Barcelona, el joven Terradas impresionó a sus alumnos con sus métodos innovadores de enseñanza, así como con su dominio de la nueva física. Uno de sus primeros alumnos, Julio Palacios, señaló que el acercamiento habitual a la física con que se encontraban los estudiantes universitarios españoles de la primera década de la centuria era que «la ciencia era ya cosa hecha y cerrada, a la que nada quedaba por añadir». Esta fue una opinión corriente manifestada por muchos físicos destacados antes de 1905, por ejemplo, la afirmación de Albert Michelson (en 1903) de que «las leyes y hechos fundamentales más importantes de la física ya se han descubierto». En contraste, Terradas dejaba clara a sus alumnos su total receptividad a las nuevas ideas. Palacios recordaba:
«Hacia la mitad de mi carrera, quiso mi buena fortuna que tuviese por profesor a Terradas, y el contraste (con la anterior concepción) no pudo ser más brusco. No tenía método, ni libro, ni siquiera programa, y el primer día nos dejó atónitos al preguntarnos si queríamos aprender la Optica ondulatoria clásica o preferíamos (¡en 1910!) la teoría de los cuantos de Planck. Para colmo, nos fueron entregados, en días sucesivos, libros y revistas en inglés y alemán, asegurándonos que, con no mucho esfuerzo, lograríamos entenderlos».
Por ello, hacia 1910, Terradas había ya incorporado la física cuántica en su enseñanza universitaria, y en 1915 dio un curso de teoría cuántica titulado «Elementos discretos de la materia y de la radiación» en el Institut d’Estudis Catalans. En 1912 publicó una amplia y detallada reseña del libro de Max von Laue sobre la relatividad especial en la que señaló que «El principi de relativitat es admés avuy (sic) per quasi tothom. En les càtedres de física s’adopta, generalment, son llenguatge». Podemos suponer que Terradas tenía en la mente no sólo sus propias orientaciones pedagógicas, sino también información directa procedente de los departamentos de física europeos –muy probablemente alemanes– que atestiguaban sobre la recepción de la nueva física. A la sazón, según Antoni Roca, la relatividad para Terradas era aún totalmente consistente con la teoría del electromagnetismo y se trataba de un nuevo lenguaje para pensar mejor acerca de la electricidad. No la entendía aún como la base para una nueva mecánica.
Hacia la mitad de la década, cuando seguía los desarrollos de la relatividad general, Terradas había abandonado el sistema lorentziano y exponía la relatividad en términos completamente einsteinianos. En el invierno de 1920-21 dio un curso de 30 sesiones, «La Relativitat i les noves teories del coneixement», impartido bajo los auspicios de la Mancomunitat de Catalunya. El texto del curso no se conserva, pero De Rafael publicó sus notas a partir de una serie de conferencias de Terradas dividida en seis temas: relatividad galileana, el éter, el experimento de Michelson-Morley, algunas generalizaciones concernientes a los experimentos de arrastre del éter, la contracción de Lorentz y el tiempo local. En contraste con muchos comentadores españoles, Terradas fue inequívoco en su aceptación de la relatividad especial: «El éter no existe, y con él tampoco el espacio absoluto, ya que no podemos en manera alguna demostrar su existencia por medidas físicas.»
Siguiendo en la misma línea, Terradas discutió los experimentos con el interferómetro realizados por Dayton Miller en 1904, 1905 y 1906 para contrastar la hipótesis de arrastre del éter. Según la hipótesis de Albert Michelson, considerando que el éter está en reposo y la Tierra se mueve a través de él, la velocidad de la luz en la superficie de la Tierra debería de depender de la dirección según la que se traslada. El interferómetro era un instrumento diseñado por Michelson para yuxtaponer, con espejos, dos haces de luz que viajan en direcciones opuestas para comparar sus velocidades. El «arrastre de éter» o efecto del éter en la velocidad de la luz se medía observando cuántas franjas o bandas de oscuridad producidas por difracción eran visibles cuando el interferómetro se giraba noventa grados. En el experimento de Michelson-Morley no se detectó ninguna diferencia en la velocidad de los dos «haces». La función exacta de este experimento en la elaboración de la relatividad especial es un tema polémico, aunque fue ampliamente considerado como una refutación de la existencia del éter. «Las franjas no se corrían porque no tenían que correrse», señalaba con irritación Terradas (o De Rafael). «Lo que se tenían que correr eran algunos conceptos apriorísticos, admitidos en la ciencia sin suficiente examen con excesiva rigidez, y retenidos inútilmente y tercamente por los hombres de ciencia». La inflexible postura de Terradas en favor de la relatividad era poco usual, dada una tradición científica en la que el eclecticismo era la norma y donde el propio eclecticismo era frecuentemente una pantalla para ocultar la incapacidad para juzgar con precisión cuestiones teóricas. Su defensa de la relatividad alcanzó una audiencia muy amplia después de 1923, cuando su artículo de 50 páginas sobre el tema apareció en la Enciclopedia Universal Ilustrada junto con un bosquejo biográfico de Einstein.