Fragmento de Física, química y filosofía mecánica.
De Robert Boyle.
Los cuatro elementos aristotélicos
El experimento comúnmente propuesto en favor de la opinión ordinaria de los 4 elementos es que, si se quema una rama verde en un fuego al aire libre, se desprenderá primero un humo, que indica aire, y luego hervirá en los extremos un cierto líquido, que se supone que es agua; el fuego se pone de manifiesto por su propia luz, mientras que la parte incombustible que queda al final no es otra cosa que el elemento tierra.
Para examinar este experimento, sentaré de entrada que entiendo aquí por elementos esos cuerpos simples de los que se componen los mixtos y en los que se resuelven en última instancia. Afirmó, pues, que no se pueden extraer 4 elementos de algunos cuerpos, como ocurre con el oro, del que hasta ahora no se ha obtenido ni uno siguiera de ellos. Lo mismo se puede decir de la plata, del talco calcinado y de otros cuerpos fijos, cuya reducción a 4 substancias heterogéneas constituye una tarea que hasta ahora ha demostrado ser demasiado difícil para Vulcano. Otros cuerpos hay que pueden reducirse a más de cuatro, como la sangre humana y la de otros animales que cuando se analiza suministra flema, espíritu, aceite, sal y tierra, como atestiguan nuestros experimentos de la destilación de la sangre humana, así como del asta de ciervo. Por lo que respecta a la rama verde, el fuego no la descompone en elementos, sino en cuerpos mixtos disfrazados bajo otras formas: la llama no parecer ser sino la parte sulfurosa del cuerpo encendido; el agua que hierve en los extremos dista de ser agua elemental, conteniendo gran parte de la sal y virtud del compuesto, razón por la cual los médicos han descubierto que resulta efectivo contra diferentes dolencias el jugo ebullente de diversas plantas, en el que el agua simple no se encuentra en absoluto. El humo dista tanto de ser aire, siendo por el contrario un cuerpo mixto, que por destilación da un aceite que deja una tierra tras de sí; que abunda asimismo en sal se puede ver por su aptitud para fertilizar el suelo y por su amargor, así como para hacer llorar a los ojos (cosa que no hace el humo del agua común), y más allá de toda disputa, por la sal pura que fácilmente se puede extraer de él, de la que he preparado últimamente cierta cantidad, extremadamente blanca, volátil y penetrante.
Habría que considerar además qué tipo de análisis por fuego ha de determinar el número de elementos, pues el guayacán (v. g.) quemado en un fuego descubierto y en una chimenea se reduce a cenizas y hollín, mientras que esa misma madera destilada en una retorta se despliega en aceite, espíritu, vinagre, agua y carbón; el último de los cuales, para reducirse a cenizas, precisa una calcinación mayor de la que es posible en un recipiente reducido. He observado con placer en la destilación de algunas maderas, como el boj, que si bien mientras permanecían en la retorta se mantenían negras como el carbón, tan pronto como se sacaban de la retorta al aire libre, se consumían inmediatamente en cenizas de un blanco puro sin la asistencia de una nueva calcinación. Así, el azufre quemado al aire libre produce un humo penetrante que en una campana de vidrio se condensa en ese líquido ácido llamado aceite de azufre per campanam, mientras que urgido por el fuego en recipientes de sublimar, asciende en flores secas. Y, aparte de estas flores, hay otros diversos cuerpos, el mercurio, la sal volátil de orina fermentada, las flores de benzoina y de sal de amoniaco, en los que el calor en recipientes reducidos no produce ninguna separación de heterogeneidades, sino tan sólo una fragmentación de las partes, siendo aquéllas que suben primero homogéneas con las otras, aunque divididas en partículas menores; de ahí que las sublimaciones se hayan denominado el majador de los químicos. Y así como en el análisis de los cuerpos mixtos hay que tener en cuenta si el fuego actúa sobre ellos hallándose al aire libre o encerrados en estrechos recipientes, del mismo modo tiene no poca importancia el grado del fuego con el que se practica el análisis. En efecto, un balneum templado no separará (v. g.) de la sangre sin fermentar más que flema y caput mortuum; la última de las cuales (que he obtenido a veces dura, quebradiza y de diversos colores, transparente casi como un caparazón de tortuga), bajo la presión de un buen fuego en una retorta, produce un espíritu, un aceite o dos y una sal volátil, a parte de una caput mortuum. Asimismo, el plomo con un grado de fuego se tornará en minio y, con otro, se vitrificará, no sufriendo con ninguno de ellos separación alguna de elementos. Y si se le permite a un aristotélico hacer que las cenizas (que él confunde con tierra) pasen por un elemento, ¿por qué no habría de poder un químico, por el mismo principio, defender que el vidrio es uno de los elementos de muchos cuerpos, dado que tan sólo con un grado más de calor sus cenizas se pueden vitrificar?